La historia del Maracanazo es mega conocida. A día de hoy, los goles de Juan Alberto Schiaffino y Alcides Edgardo Ghiggia continúan retumbando en el Maracaná, que había sido construido para el Mundial de 1950 y estaba preparado para la fiesta que no fue y, al contrario, le tocó ser escenario de un evento que generó una ola de suicidios en un país que tardó años en sanar la herida que significó esa derrota.
Una diferencia de nivel que no era tal
Ahora bien, quizás lo que no es tan conocido es que la diferencia de nivel entre Uruguay y Brasil no era tan abismal como se creyó en el momento y a lo largo de los años. Y es que, sin ir más lejos, la definición la protagonizaron los dos grandes candidatos de esa Copa del Mundo y, si bien la Celeste volvía a participar de una cita mundialista después de 20 años, tenía un plantel de muchísima jerarquía.
Pero claro, como era local y ganó por goleada tres de los cuatro partidos que había disputado, los medios, los hinchas y hasta en la propia selección arengaban para que haya un clima festivo. Y hay más, porque como si todo eso no fuera suficiente, el empate hacía que Brasil sea campeón ya que ese Mundial se definió con la disputa de una fase final que estuvo conformada por el anfitrión, Uruguay, España y Suecia, las selecciones que terminaron primeras en los cuatro grupos, y los brasileños contaban con cuatro puntos, producto de dos victorias (en ese entonces el triunfo otorgaba dos unidades y el empate una), mientras que los uruguayos poseían tres unidades (una victoria y una igualdad).
El 1-1 de Schaffino que empezaba a darle forma al Maracanazo (AFP).
Con todo este panorama y el optimismo que se había generado, hasta en la propia AUF se sentían sin posibilidades ya que en ese mismo año ambos países se habían enfrentado tres veces, con dos victorias para Brasil y una para Uruguay.
Pero los que sí creían eran los futbolistas de la Celeste, que salieron a jugar con garra, se repusieron al 1-0 de Friaca y dieron la vuelta en un estadio enmudecido. Fue tal la sorpresa que hasta Jules Rimet no podía creer lo que veía. Es así que el por entonces presidente de la FIFA contó : «Todo estaba previsto, excepto el triunfo de Uruguay. Al término del partido, yo debía entregar la copa al capitán del equipo campeón. Una vistosa guardia de honor se formaría desde el túnel hasta el centro del campo de juego, donde estaría esperándome el capitán del equipo vencedor (naturalmente Brasil). Preparé mi discurso y me fui a los vestuarios pocos minutos antes de finalizar el partido. Pero cuando caminaba por los pasillos, de momento, se interrumpió el griterío infernal. A la salida del túnel, un silencio desolador dominaba el estadio. Ni guardia de honor, ni himno nacional, ni discurso, ni entrega solemne. Me encontré solo, con la copa en mis brazos y sin saber qué hacer. En el tumulto terminé por descubrir al capitán uruguayo, Obdulio Varela, y casi a escondidas le entregué la estatuilla de oro, estrechándole la mano y me retiré sin poder decirle una sola palabra de felicitación para su equipo».
El momento en que un sorprendido Rimet le daba la copa a Varela (AFP).
Suicidios en masa y «el hombre que hizo llorar a Brasil»
Lógicamente, semejante catástrofe futbolística generó todo tipo de reacciones, partiendo desde el hecho de que Brasil dejó de utilizar la camiseta blanca (hasta ese entonces la titular), reemplazándola por la actual amarilla, relegando la casaca anterior solamente a alguna que otra ocasión especial.
Pero el impacto más fuerte estuvo en la sociedad, que cayó en una depresión como si hubiese perdido una guerra. Sin ir más lejos, el propio Pelé contaría varios años después que «esa tarde vi a mi papá llorar por primera vez. Yo tenía nueve o diez años y recuerdo verlo a él junto a la radio. Lo vi llorando y le pregunté: ‘¿por qué lloras papá?’. Y él me contestó: ‘Brasil perdió el Mundial’. Ésa es la imagen que me quedó grabada de 1950″, indicó.
Y esa imagen le quedó a millones de brasileños, a tal punto de que algunos no resistieron, lo que generó que el país atravesara una ola de suicidios, ya sea por la desilusión como también por las graves pérdidas económicas que sufrieron los apostadores de la época. Si bien no hay una cifra exacta, en ese momento se habló de entre 70 y cientos de personas que se quitaron la vida. Sin embargo, en medio de ese panorama hubo alguien que no se suicidó, pero que sí experimentó la muerte en vida. Se trata de Moacir Barbosa, arquero de la selección de Brasil.
El momento en que Ghiggia vence a Moacir Barbosa (AP).
Y es que una vez consumada la derrota, los medios y los hinchas buscaron rápidamente a un responsable, y el por entonces ídolo del Vasco da Gama se llevó todos los reproches. Rápidamente dejó de importar el hecho de que se trataba de una de las principales figuras del fútbol brasileño, en donde había logrado ocho títulos con el conjunto carioca y además fue clave en la obtención del Campeonato Sudamericano 1949 (actual Copa América).
Pero, ¿por qué Barbosa fue señalado como el máximo responsable del Maracanazo? Probablemente, para no dañar su orgullo, los brasileños prefirieron echarle la culpa a alguien propio antes que admitir que Uruguay fue superior al Brasil que hasta ese entonces era invencible. Claro que el arquero también colaboró , porque en el 2-1 se comió el amague de Ghiggia, quien insinuó con tirar un centro pero terminó pateando contra el palo derecho, aprovechando que el 1 había quedado descolocado.
De hecho, el propio Barbosa sintió lo que se venía en ese mismo instante: «Llegué a tocarla y creí que la había desviado al tiro de esquina, pero escuché el silencio del estadio y me tuve que armar de valor para mirar hacia atrás. Cuando me di cuenta de que la pelota estaba dentro del arco, un frío paralizante recorrió todo mi cuerpo y sentí de inmediato la mirada de todo el Maracaná sobre mí».
La vida de Moacir Barbosa nunca volvió a ser igual (AFP).
Y lo cierto es que el arquero no se equivocaba, porque a partir de ese momento pasó de las mieles del éxito al rechazo completo de la sociedad, que no dudó en tildarlo de mufa. Por eso, luego de su retiro en 1962, Moacir Barbosa intentó pasar al anonimato alejándose del fútbol, por lo que trabajó en la Superintendencia de Río de Janeiro. Sin embargo, la condena social no cesaría.
Sin ir más lejos, en 1970, el propio arquero contó que, en un mercado de Río, se encontró con una señora y su hijo, a quien le dijo: «Míralo, hijo, este hombre fue quien hizo llorar a todo Brasil». El rechazo y los agravios seguían recayendo sobre el arquero, que no tenía otra opción más que aguantarlo, como si aquel gol fuera una maldición.
«El tiempo todo lo cura», dice el famoso refrán, pero en Barbosa no se aplicó en absoluto porque, en 1994, decidió salir del anonimato para apoyar a Brasil en el Mundial de Estados Unidos. Por eso, quiso visitar al plantel en la previa a su debut, pero la respuesta que recibió fue implacable: «Llévense lejos a este hombre, que sólo atrae a la mala suerte», ordenó Mario Zagallo, integrante del cuerpo técnico de Carlos Alberto Parreira. Sin embargo, insistió en saludar a Romario, Bebeto y Dunga, pero también se negaron. Es ahí que el arquero sacó una conclusión tan dura como cierta: «En Brasil, la condena máxima es de 30 años. La mía fue perpetua».
Moacir Barbosa cargó con el peso del Maracanazo para siempre.
Luego de eso, no se supo mucho más de Barbosa. Algunas versiones indican que cayó en la pobreza y pasó sus últimos años cortando el césped del Maracaná, más precisamente, el área en la que Schiaffino y Ghiggia convirtieron esos dos goles. Pero vaya uno a saber si esta versión no es otra que para humillar aún más al pobre arquero.
Así, con el peso del Maracanazo encima de por vida, Moacir Barbosa falleció el 7 de abril del 2000 producto de un derrame cerebral. Teresa Borba, amiga del arquero, contó que cuando ingresó de urgencia al hospital solamente repetía una frase: «No fue culpa mía. Éramos once…». Ese día, por fin, Barbosa dejaría de vivir el calvario que fue para él el Maracanazo.
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