El periodista Martín Pérez reflexiona sobre la muerte de Carlos “Indio” Solari, líder de Los Redondos, y su impacto cultural en el rock argentino.
Anoche dormí mal e inquieto, amenazado por sueños extraños e inconexos, de los que recuerdo poco, pero por los que amanecí agotado. No entendía qué era lo que me podía haber pasado hasta que me enteré la noticia: se estaba muriendo el Indio, la corteza del universo se estaba resquebrajando.
Recién salí a dar una vuelta por el barrio, vivo por el centro, siempre me sorprendió cómo en cada paseo parecían estar sonando siempre los Redondos o el Indio. Hoy, justo hoy, no escuché nada ni de uno ni de otro. Fue como si el mundo se hubiese reformateado, quisiera recordarnos rápidamente que vivimos en una realidad en la que –como en aquella película donde no habían existido los Beatles– ya no hay Redondos ni el Indio.
“No entiendo cómo me pudo haber pegado así”, me escribió un amigo bien temprano. “Tengo un casamiento al mediodía lleno de gorilas, hoy me boxeo”, agrega y me hizo reír. Mi amigo sabe, como yo, que Los Redondos –y el Indio al frente de ellos– supieron ser el grupo maldito de nuestro rock burgues, y siempre brindamos por eso. El desafío, eso es lo que en un principio me atrajo del Indio. Porque su poética interpela. No les crean a los que dicen que no les gusta su musica porque no entienden de lo que canta. Claro que entienden; es más, saben que les habla a ellos y los obliga a hacerse cargo. “¿Pueden acaso beber el vino por ustedes envasado?”, cantaba el Indio, o mejor dicho leí que cantaba la primera vez que me enteré de su poética –lo leí antes de escucharlo–, y no solo me pareció una pregunta apropiada, sino que me he pasado una vida tratando de estar a la altura de ella. No somos ni nunca seremos un público respetable, qué duda cabe, pero se puede intentar que este infierno al que estamos condenados no sea una condena.
Ahí tienen una declaracion de principios que es posible perseguir e incluso honrar. Y por eso es que siempre lo quise al Indio. Porque estuvo al frente de una banda que bajó de la montaña para tomar el poder, pero una vez que lo tuvo abandonó todo y se volvió a la montaña. Porque cantó eso de irse a ver lo que escribe en su pared la tribu de su calle, e increiblemente esa tribu le devolvió la mirada y cantó sus canciones. Porque nos enseñó que el rock puede seguir siendo rock del cuello para arriba –¿entendiste Keith?– , porque fue el primero y el que mejor encarnó nuestra cultura rock. Porque les advirtió a los rockeros bonitos y educaditos que era hora de embocar algún tiro libre. Porque nos avisó antes que nadie que los unicos que iban a sobrevivir en el siglo xxi eran los psicópatas, y acá estamos, tan psicópatas y en el siglo xxi. Porque Roxana es Porchellana, Limón es al que matan, el Charro es Chino y Nike es la cultura… frita.
El Indio te desafiaba a pensar, a dudar de esos perros que nunca miran al cielo, señaló siempre la mosca, pero también la sopa, y te explica el mundo, pero sin sacártelo de las manos. La última vez que lo vi fue para entrevistarlo por su segundo disco solista, era la época en la que había que seguir todo un procedimiento para llegar a visitarlo, era tener que encontrarse con un hombre perseguido. Me acuerdo que poco antes había entrevistado también a Skay, al que le recordé aquel viejo sueño de comprar un pueblo para irse a vivir ahí con sus amigos al final del camino, y me dijo que aún no lo había descartado del todo, y nos reímos.
Al final de aquella charla clandestina con el Indio, caminando en la soledad de su terreno con un par de construcciones en Parque Leloir –aprovechando para hacerlo mientras sus perros (¿o era solo uno?) estaban encerrados–, le comenté aquella charla con Skay. Y le dije que él parecía haberse comprado nomás un pueblo, pero para vivir solo. Sonrió ante la paradoja, pero no mucho. Me di cuenta, poco después, que había sido injusto con él.
Después de todo, al final terminó fundando no un pueblo sino toda una ciudad, cuando convocó a sus seguidores en Olavarría, y no hay forma de que algo así pueda terminar bien.
Es mejor estar preparado. No se si nosotros lo estábamos para la noticia de hoy, aunque estábamos avisados. Lejos de anunciar su curación definitiva, el Indio hace rato que empezó a trasmitir desde un ningún lugar para comunicarse con todos. Y ahora, a pesar de la novedad, seguirá transmitiendo. Cada vez que lo recordamos, cada vez que lo evocamos, cada vez que lo escuchamos, y cada vez que lo cantamos. Brindemos también por eso.
