La producción dirigida por Daniela Goggi y protagonizada por Luis Machín llegó a la plataforma el 28 de agosto y aborda el crimen cometido por Ricardo Barreda en 1992. El filme combina datos verificados del caso con elementos ficcionales.
La película “Barreda”, dirigida por Daniela Goggi y protagonizada por Luis Machín, se estrenó en Prime Video el viernes 28 de agosto. La producción reconstruye el cuádruple femicidio cometido por Ricardo Barreda en La Plata el 15 de noviembre de 1992, en el que murieron su esposa Gladys McDonald, sus hijas Cecilia y Adriana, y su suegra Elena Arreche.
El caso ocurrió en una vivienda de la calle 48 entre 11 y 12, en el centro de La Plata. Barreda utilizó una escopeta Víctor Sarasqueta calibre 16 para matar a las cuatro mujeres. Posteriormente intentó instalar la versión de un robo, pero las inconsistencias de esa coartada lo llevaron a confesar los asesinatos.
El elenco está encabezado por Luis Machín como Ricardo Barreda, Carla Peterson como Gladys McDonald y Mercedes Morán como Elena Arreche. Maite Lanata interpreta a Cecilia Barreda, Margarita Páez a Adriana Barreda y Paola Barrientos a María de las Mercedes Guastavino, conocida como Pirucha. Marcelo Subiotto interpreta al doctor Cáceres y Alberto Ajaka al fiscal Roitman.
Elementos de la película con respaldo en la historia real
El origen de la escopeta coincide con los antecedentes del caso. Elena Arreche le había regalado a Barreda el arma, que él utilizaba para cazar. Durante la investigación y el juicio, el odontólogo sostuvo que la había recibido de su suegra. Después del crimen, declaró que la arrojó en la zona de Punta Lara, en Ensenada.
La presencia de Pirucha también está documentada. María de las Mercedes Guastavino era una vidente vinculada a Barreda y declaró durante el juicio de 1995. Sus referencias a la magia negra quedaron incorporadas al relato del caso, aunque no se comprobó que hubiera instigado los asesinatos.
La escena posterior al crimen en la que Barreda busca a Pirucha coincide con el relato del psiquiatra forense Miguel Maldonado, quien lo entrevistó poco después de los asesinatos. Según Maldonado, el odontólogo le habría dicho a la vidente: “Me mandé una macana”.
Diferencias entre la ficción y los hechos documentados
La película dedica un espacio importante a Cecilia y Adriana, reconstruyendo sus vínculos familiares, proyectos personales y relaciones afectivas. La información disponible sobre esos aspectos es limitada. El novio de Cecilia declaró como testigo durante las audiencias, y amigas de las jóvenes hablaron con el periodista Enrique Russo en 1992. Una de ellas describió el comportamiento de Barreda con la frase: “No queríamos ir a su casa porque era mano larga”. Los proyectos específicos que aparecen en la película, como el consultorio que Cecilia planeaba instalar o el casamiento de Adriana, combinan información disponible con recursos de la ficción.
La intención de Gladys de separarse y vender la casa presenta otra diferencia. La película muestra que Gladys quería terminar la relación y que Elena impulsaba la venta de la propiedad, pero no existen registros que confirmen que ambas estuvieran organizando esa operación antes de los asesinatos. Sí hay reconstrucciones que señalan que Gladys y Barreda habían atravesado una separación previa, aunque continuaban legalmente casados, y que después volvieron a convivir.
El apodo “Conchita” es uno de los elementos más discutidos. Barreda afirmó durante el proceso que las mujeres de su familia lo utilizaban para humillarlo. No existe una prueba definitiva que confirme que efectivamente lo llamaran de esa manera. La película plantea que Barreda pudo haber creado el apodo como parte de una estrategia para justificar los asesinatos. Esa interpretación fue investigada por el periodista Rodolfo Palacios en su libro “Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres”, pero no puede presentarse como un hecho probado.
El juicio y la discusión sobre el estado mental
Después de confesar, Barreda sostuvo que los asesinatos fueron consecuencia de un proceso prolongado de supuestas humillaciones. En una declaración indagatoria de mayo de 1993, afirmó que había comenzado a pensar en matar a su familia después de una operación de vesícula y relató cómo compró una caja de cartuchos para la escopeta. En esa declaración sostuvo: “Desde hace dos años se me había puesto en la cabeza que era un problema entre ellas y yo”. También afirmó que la idea se había convertido en una forma de “hacer justicia”.
Durante el juicio oral, Barreda reconstruyó la mañana del crimen y explicó cómo tomó la escopeta ubicada debajo de la escalera. En su relato describió la conversación con Gladys antes del ataque y vinculó nuevamente el apodo “Conchita” con el enojo que, según su versión, precedió a los disparos.
El debate judicial incluyó una discusión sobre su capacidad para comprender la criminalidad de sus actos. Los peritos presentaron evaluaciones diferentes sobre su estado mental. El fiscal Héctor Vogliolo sostuvo que no existía una alteración que le hubiera impedido comprender sus acciones y planteó que Barreda había elegido un momento en el que las cuatro víctimas estaban juntas en la casa. “No hay en el acusado alteración morbosa de las facultades mentales que le haya impedido comprender la criminalidad de sus acciones”, afirmó Vogliolo durante su alegato. El fiscal pidió prisión perpetua.
El 14 de agosto de 1995, los jueces Eduardo Hortel, María Cecilia Rosenstock y Pedro Luis Soria condenaron a Barreda a prisión perpetua por homicidios agravados por el vínculo. El fallo no fue unánime. Rosenstock consideró que el acusado era inimputable y sostuvo que actuaba bajo una psicosis delirante sistematizada y crónica, en la forma de un delirio de reivindicación.
El psiquiatra forense Miguel Maldonado, que entrevistó a Barreda 48 horas después del crimen, sostuvo años después que el odontólogo no había mostrado arrepentimiento genuino. “Barreda nunca se arrepintió de matar a las mujeres de su familia. Pensaba que había hecho justicia”, afirmó. Maldonado describió el cuadro como un “delirio psicótico de reivindicación” y explicó que, en su opinión, Barreda necesitaba ser internado en un hospital psiquiátrico de alta seguridad.
Vida posterior y muerte de Barreda
La condena determinó el ingreso de Barreda a prisión. Durante los años de encierro estudió Derecho y mantuvo vínculos con otras personas, entre ellos su posterior pareja Berta “Pochi” André, a quien conoció mientras estaba preso. En 2008 obtuvo la libertad condicional y pasó a vivir con ella en un departamento del barrio porteño de Belgrano. Luego violó el arresto domiciliario, regresó a prisión y volvió a obtener el beneficio en 2011. En 2016 se consideró extinguida la pena.
Berta murió en 2015 después de un marcado deterioro neurológico. En 2016, ya en libertad, Barreda ingresó a un hospital de General Pacheco con una identidad falsa y un estado de salud deteriorado. Permaneció allí alrededor de un año y medio, pasó luego por una pensión y terminó en otra institución de salud de San Martín. En sus últimos años sufrió demencia avanzada, desnutrición y dificultades para alimentarse.
Barreda murió el 25 de mayo de 2020, a los 84 años, en el geriátrico Del Rosario de José C. Paz, durante el aislamiento por la pandemia de coronavirus. Ninguna persona asistió a su entierro. Tampoco se cumplió su última voluntad de que sus cenizas fueran esparcidas en la cancha de Estudiantes de La Plata, debido a que el club rechazó ese pedido.
