El futuro en Rosario se escribe con caligrafía de urgencia. Se lee en el saldo de una tarjeta SUBE que nunca alcanza para volver al pueblo, en el zumbido de una máquina de coser que devora metros de tela impagable y en el peso de un título de abogada que, apenas estrenado, ya se siente como un escudo en medio de una balacera presupuestaria.
El 12 de mayo de 2026, la ciudad será un solo grito contra el silencio presupuestario. Pero detrás de la masividad, en el murmullo de los pasillos y las aulas, existen trayectorias que transforman la estadística en carne y hueso: tres historias donde la universidad pública no fue solo un lugar de paso, sino el territorio donde se decidieron sus destinos.
Alejo Rossi tiene 27 años y la mirada acostumbrada a las distancias largas. Su historia no empezó en los pasillos de la Siberia, sino en Pavón Arriba, un pueblo donde la política se respiraba en el living de su casa, viendo a su viejo pelear intendencias mientras él, con solo 11 años, ya ayudaba a doblar boletas en las campañas. Esa escuela de la calle lo llevó a fundar el centro de estudiantes de su secundaria en 2016, redactando él mismo el estatuto de una organización que hasta entonces no existía. Como primer miembro de su familia en acceder a la educación superior, ese orgullo se mezcló pronto con el vértigo de la ruta. Alejo se convirtió en el «estudiante viajero», llevando el inicio de su carrera en 2017 grabado como un sello en la piel: fue el año en que aprendió a aprobar parciales en la UNR mientras descifraba, a los golpes de la incertidumbre, cómo tomarse el colectivo en una ciudad que le resultaba inmensa y ajena. «Me recibí de ciudadano mientras me recibía de alumno», parece decir su trayectoria. Hoy, como presidente de la FUR, carga con un cansancio que es físico y espiritual. Esa fatiga tiene una marca de origen: en 2022, mientras asumía la Secretaría General de su facultad, el tiempo se volvió espeso y hostil. Atravesó meses donde la vida se le volvió un frente doble: de un lado, la noticia de una enfermedad irreversible que se llevaba a su madre; del otro, un diagnóstico propio que lo obligó a pasar por el quirófano y por el desgaste de un tratamiento médico. El día que volvió a la actividad, no fue a su casa, sino a exponer sobre la Reforma Universitaria. «La facultad me transformó la vida», dice hoy, convencido de que no será su generación la que deje morir la educación pública.
Sofía Rosso aprendió a coser a los doce años, mucho antes de imaginar que la destreza de sus manos terminaría sosteniendo una construcción política. Viene de Rafaela, una ciudad que ella define como conservadora, donde hablar de peronismo era un tabú que se rompía solo en la intimidad de sus amigas. En su casa, sus padres no venían de la militancia, pero la figura de su hermana mayor, Estefanía, funcionó como un faro. Fue Estefanía quien le avisó que abría la carrera de Diseño de Indumentaria en la UNR y quien, con sus propios pasos en la militancia universitaria, le regaló una perspectiva nueva para entender el mundo. «Verla a ella y entender por qué lo hacía fue fundamental», dice Sofía, reconociendo ese hilo invisible que la trajo desde el oeste santafesino hasta el corazón de Rosario. Esa fascinación por las telas que su madre le había transmitido a los doce años encontró un sentido nuevo en 2025. Sofía no se sumó a la militancia por una cuestión abstracta, sino por una reacción visceral ante lo que sintió como una injusticia: la sentencia a Cristina Kirchner fue el motor que la llevó a las asambleas de la agrupación Oktubre. Hoy, como presidenta del Centro de Estudiantes de Humanidades y Artes, Sofía encabeza una gestión que recuperó para el peronismo la conducción de la facultad después de muchos años, un «batacazo» generacional en un momento donde lo público está bajo fuego. Como estudiante de Diseño, sabe que la política se hilvana en lo cotidiano: en el precio prohibitivo de los insumos, en las jornadas de taller donde los alumnos se sientan en el piso porque no alcanzan las sillas y en la convicción de que su lugar es asegurar que el camino que su hermana le abrió no se cierre para los y las que vienen detrás.
Martina Saslavsky camina por las escalinatas de calle Córdoba con la seguridad de quien conoce cada rincón de ese edificio de piedra. Se graduó como abogada hace apenas un mes, pero su brújula se configuró mucho antes, en los pasillos del Superior de Comercio. Para ella, el «Supe» fue el lugar donde descubrió que la realidad se puede transformar. Fue allí donde el pulso del país le quemó las manos por primera vez: la marea de la ola feminista y la conmoción por la desaparición de Santiago Maldonado fueron los hechos que la sacaron de la indiferencia. Esas discusiones en los recreos y las asambleas por las condiciones del colegio le dieron una certeza que hoy es su norte: la convicción de que las cosas se cambian luchando. Sin embargo, la decisión de ser abogada tiene raíces más profundas y familiares.
