viernes, junio 19, 2026

Crónica del 31° Festival de Cine Latinoamericano de Rosario: la función de Belén en el Cine Lumière

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El 3 de junio, en el marco del 31° Festival de Cine Latinoamericano de Rosario, se proyectó la película Belén en el Cine Lumière. La sala estuvo colmada de público, en una jornada signada por la marcha de Ni Una Menos.

A las 20.15 la fila para entrar al Cine Lumière ocupaba una cuadra y media. La noche del 31° Festival de Cine Latinoamericano Rosario todavía no había comenzado oficialmente, pero ya respiraba en la vereda.

Una chica sostenía un café con las dos manos y acercaba el vaso de cartón a la cara cada tanto. Más atrás, un grupo de amigas revisaba fotos de la marcha en un celular. Una todavía tenía restos de pintura violeta en la mejilla. Otra tenía el pañuelo verde atado a la mochila. Una tercera bostezaba después de toda una tarde en las calles.

Rosario había amanecido gris. Horas antes, miles de personas habían marchado en una nueva jornada de Ni Una Menos. Los nombres de las asesinadas, desaparecidas y de las que ya no volvieron habían recorrido el centro de la ciudad entre bombos, carteles y pañuelos.

Cuando la movilización había terminado y la noche empezaba a caer, más de cien personas seguían buscando reunirse. ¿Quiénes vienen a ver estas películas? ¿Por qué hoy? ¿Por qué elegir pasar el 3 de junio dentro de una sala de cine?

Cuando se abrieron las puertas y la fila empezó a moverse, una mujer comentó que nunca había visto tanta gente para una función del festival. La sala parecía haberse ensanchado. Habían agregado butacas en los costados, en los pasillos y en espacios donde normalmente no se sienta nadie. Como si el Lumière hubiera tenido que estirar sus paredes para hacer lugar a todos los que querían entrar.

Adentro el aire era distinto. Olía a café recién servido, a humedad, a tela mojada y a perfume. A la izquierda de la cronista se sentaron Lidia y Susana. Durante toda la función, un aroma a vainilla permaneció suspendido entre las butacas. Lidia lleva un sweater con colores violeta, verde, amarillo y marrón. Contaron que ya no van a las movilizaciones porque las piernas ya no acompañan igual, pero cuando hablaban de las jóvenes que ocuparon las calles durante la tarde, algo se encendía en sus ojos.

Sigue entrando gente. Una mujer lee el programa del festival acercándolo a la cara. Cuando termina, lo dobla con cuidado y lo guarda dentro de una novela que llevaba en el bolso. El mate avanza más rápido que la fila, cambia de manos cada pocos segundos. Las filas improvisadas se ocupan y los últimos espacios desaparecen. Las camperas se acumulan sobre las piernas. Los vasos de cerveza van debajo de las butacas. Las bufandas se aflojan.

Últimos murmullos. Comienza Belén, la película dirigida por Dolores Fonzi que cuenta la historia de una joven tucumana encarcelada tras sufrir un aborto espontáneo. Una mujer acusada de homicidio por algo ocurrido dentro de su propio cuerpo.

Lidia lleva una mano hasta su cara. La luz azulada de la pantalla le ilumina los ojos. Más adelante una joven cruza los brazos sobre el pecho. Un hombre apoya los codos sobre las rodillas. Otra mujer juega con una pulsera sin dejar de mirar la pantalla. La película apenas lleva unos minutos y el ritual de la incomodidad se hace sentir.

Por momentos aparecen risas, necesarias. Las carcajadas terminan encontrándose. Durante unos segundos toda la sala respira al mismo tiempo. Cuando Belén se lleva la mano al pecho, algo parece quedar suspendido en la pantalla. La sala entera queda colgada de esa imagen. Se oyen los primeros sollozos, lejanos.

Luli veía la película por cuarta vez y llora por cuarta vez. Las lágrimas descienden con la misma intensidad como si no conociera el final. En medio de esa marea se sucede un abrazo entre amigas, el señor de la camisa a cuadrillé se seca los ojos a escondidas y un pañuelo verde se eleva por encima de las cabezas.

Cuando llegan los créditos, el aplauso dura más de dos minutos. Las manos chocan unas contra otras. Afuera espera la noche, el frío, las noticias, las ausencias. Pero durante esos dos minutos la sala mantiene otra temperatura: construida a fuerza de palmas, lágrimas y respiraciones compartidas.

Cuando las luces se encienden, Luli sigue secándose las mejillas con el dorso de la mano. Y antes de que la sala termine de vaciarse, un pañuelo verde se eleva sobre las filas.

Este texto forma parte de los trabajos del “Taller de Cine y Crónica: Contar un Festival”, dictado por el periodista Ulises Rodríguez en el marco del 31º Festival de Cine Latinoamericano de Rosario.

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