El partido entre Argentina e Inglaterra por las semifinales del Mundial reaviva una rivalidad histórica que trasciende el fútbol, con antecedentes que incluyen conflictos deportivos y políticos.
El Mundial presenta una doble función de semifinales con la participación de cuatro países que ya saben lo que es ser campeones del mundo: el último ganador de la Eurocopa (España), el último finalista (Inglaterra), el último campeón del mundo (Argentina) y el último finalista (Francia). El último campeón de la Copa América es Argentina. Hacía mucho tiempo que los mundiales no ofrecían semejante menú de semifinales. No aparecieron las “sorpresas”, como por ejemplo lo fue Marruecos metiéndose en semifinales en Qatar o Croacia, siendo finalista y semifinalista en los últimos mundiales. Como dijo Scaloni en algún momento de este largo camino: “El Mundial está raro, hay resultados sorpresivos, pero al final siempre llegan más o menos los de siempre”.
Se quedó prematuramente Alemania (triste puesto 18), volvió a decepcionar Brasil, no pudieron llegar más arriba Países Bajos y Croacia. Están los que vienen jugando muy bien (Francia) o los resilientes (Argentina). Aunque con un dato que no debe pasar desapercibido: aún jugando como está jugando, Argentina hace goles. Y de a tres por partido.
El partido con Inglaterra es un clásico. Es el partido que hay que jugar y que está prohibido perder. Es como cuando se juega el Colón-Unión nuestro: no importa tanto el cómo, sino el resultado. Porque, de verdad lo digo, en el “cómo” hay dudas. El equipo no viene jugando bien. Y ante Suiza, la expulsión de Embolo fue la llave que abrió el camino a la victoria. No fue lo decisivo, pero marcó el rumbo. Después, el bombazo de Julián Alvarez para clavar la pelota en el ángulo se encargó del resto en el segundo tiempo del suplementario, ya cuando los penales aparecían como un enemigo, como un escollo al que no había que llegar.
El “clásico” no se construyó a partir del gol de Maradona (el de la apilada histórica e incomparable y el de la “mano de Dios”). Ya empezó antes. El gol de Grillo en la cancha de River fue el primer mojón. Pero después vino lo que pasó con Antonio Ubaldo Rattín (justamente el sábado se fue de este mundo dejando un recuerdo imborrable en los hinchas de Boca y en el fútbol en general) en el Mundial de 1966, cuando el árbitro alemán le hacía señas para que se fuera de la cancha y él pedía un intérprete porque no lo entendía. Para quienes no lo saben, esa expulsión dio lugar a que en el Mundial siguiente, el de México en 1970, aparecieran las tarjetas amarilla y roja como símbolo elocuente de las decisiones disciplinarias de los árbitros.
Ese partido estaba empatado y Argentina lo jugaba muy bien. Se quedó con un jugador menos y a poco del final, Hurst puso el 1 a 0 definitivo en un partido muy caliente. El grito de “Animals” se escuchó en todo el estadio al término el partido. Antes, Rattín se fue de la cancha estrujando la banderita inglesa colocada en el palo de uno de los córner y pisando la alfombra de la reina. Ya habían jugado en el Mundial de 1962 y también habían ganado los ingleses. Después, hubo un amistoso en una gira de la selección a principios de los 80, en Wembley. Ganó Inglaterra, pero Maradona hizo una jugada muy parecida a la que luego repitió seis años más tarde, solo que no fue gol. Remató al arco ante la salida del arquero. Y de allí surgió la famosa frase de su hermanito menor: “Te equivocaste Diego, tuviste que marearlo al arquero también”. Diego dijo, con el tiempo, que en el momento de armar la jugada más espectacular de la historia, pensó en aquel partido y en aquella frase de su hermano, para eludir a Shilton antes de empujar la pelota a la red.
La épica se construyó en aquel soleado mediodía del 22 de junio de 1986 en el Azteca, con un celebrado triunfo. Inolvidable por sus connotaciones. Fue el primer enfrentamiento post guerra. El recuerdo estaba en carne viva. Muy fresquito y latente. Después, los hinchas se encargaron de que esa llama no se apague jamás. “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón”, es el hit de hoy.
Desde allí en más, los mundiales volvieron a juntarlos. El partido del 98 tuvo lo suyo en esa Saint Ettiene en la que los enviados de El Litoral a aquel partido del Mundial de Francia, pudieron apreciar en persona la idolatría que existe por Osvaldo Piazza. Fue la tardecita del gol de tiro libre de jugada preparada de Zanetti, cuando miraron al banco y Passarella les indicó lo que había que hacer. El partido terminó 2 a 2 (el otro gol lo hizo el Bati) y hubo tanda de penales con un santafesino convertido en figura: Carlos Angel Roa. Festejada victoria en octavos y pasaje a cuartos, donde nos esperaba la difícil Holanda que nos sacó de ese Mundial.
Cuatro años más tarde, Beckham fue el verdugo argentino en Corea-Japón, el Mundial en el que nos volvimos en primera fase. Se vengó de aquella expulsión en Saint Ettiene para convertir el gol que le dio el triunfo a Inglaterra. Bielsa había armado un equipo muy sólido y ofensivo que se “comió” las Eliminatorias. Fracasó en el Mundial.
“Muchachos, éstos fueron los que nos mataron a nuestros pibes”, dijo Diego a sus compañeros antes de entrar a la cancha aquel soleado mediodía del Azteca en el 86. Un partido de fútbol no le quita el dolor a tantas madres que perdieron a sus hijos por aquella guerra. Los goles argentinos –que ojalá sean varios otra vez para que se pueda ganar el partido- no traerán venganza ni justicia. Las tierras se recuperarán desde el lugar en que se deban recuperar. Y a aquellas madres y a esos compañeros y amigos de los que dejaron su vida aquella vez, no hay victoria que les devuelva el pedazo grande de corazón que le sacaron. Ganar, para ellos, será una alegría temporaria.
“Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta es un inglés”, cantan los argentinos. Se viene un miércoles caliente por todo. Por el clima de una Atlanta que ya nos cae bien, pero también porque es de esos partidos que no se juegan, se ganan.
