sábado, octubre 3, 2026

Nicolás Villarreal: el director argentino del corto más premiado de la historia

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El realizador oriundo de La Plata dirigió ‘ON/OFF’, un cortometraje que en 2023 obtuvo un récord Guinness al superar los 2.200 premios. Trabajó en Disney, Sony y Amazon, y actualmente es docente y director ejecutivo de animación en la Academy of Art University de San Francisco.

Antes de trabajar para grandes estudios como Disney, Sony o Amazon, Nicolás Villarreal (48) fue un chico que llenaba hojas con dibujos y soñaba con dedicarse a la animación. A los 15 años, sin saber muy bien qué esperar, les escribió cartas a Disney y Warner Bros. con ilustraciones de Mickey Mouse y Bugs Bunny.

Las respuestas que recibió alimentaron una vocación que lo llevaría de La Plata a Hollywood. Hoy, además de dirigir su propia productora, Red Clover Studios, es docente y director ejecutivo del departamento de animación en la Academy of Art University de San Francisco.

Su recorrido como realizador tuvo uno de sus puntos más altos con ON/OFF, un cortometraje que indaga en el vínculo entre las pantallas y la creatividad a través de personajes históricos como Frida Kahlo, Beethoven y Leonardo Da Vinci.

La obra trascendió los festivales y en 2023 obtuvo un reconocimiento de Guinness World Records como el cortometraje más premiado de la historia, con más de 2.200 galardones. Su último proyecto volvió la mirada hacia una de las grandes figuras del deporte argentino con Fangio, Coraje o Destino, inspirado en la vida del piloto y el mítico Gran Premio de Argentina de 1955.

Detrás de los premios y de los grandes estudios hay una historia mucho más ligada al esfuerzo que al éxito inmediato. Villarreal pasó por rechazos, dificultades económicas y jornadas interminables de dibujo antes de conseguir vivir de aquello que había imaginado desde chico. Cuando dejó la carrera de Arquitectura para dedicarse al cine y la animación, tenía apenas 18 años y sabía que el camino no iba a ser fácil.

Todas las noches tomaba el tren para ir a la Escuela de Cine y Animación de Avellaneda y, en ese viaje, empezó a imaginar cómo sería su futuro: “Me imaginaba que las vías eran un portal de vidrio, y del otro lado estaba mi futuro. Yo me veía a mí mismo trabajando en Disney, y mi yo del futuro me decía: ‘Metele garra, va a ser duro pero vas a llegar’”.

-¿Cómo nació tu pasión por el dibujo y el cine?
-Yo dibujo desde que tengo uso de razón, desde los 5 años. De chico sentía atracción por el dibujo y por el cine. Veía algo y lo quería copiar, quería hacer storyboards, quería dibujar personajes. Me acuerdo cuando tenía 8 años y en el verano íbamos con mis primos a la quinta de mi tío abuelo, y a la hora de la siesta nos ponían películas VHS.

Mi mamá alquiló E.T. y cuando la película terminó yo me largué a llorar. Fue la primera película en que me di cuenta que podía comunicar una emoción. No entendía la cinematografía, la actuación, la historia o la banda de sonido. Pero, ¿viste cuando sos chico y no entendés pero sentís? Empecé a sentir que todo se unía con el dibujo y la animación.

-¿En qué momento empezaste a imaginar que el arte podía convertirse en una profesión?
-A los 15 años fuimos con mi familia a Pinamar. Mis viejos nos compraron libros y vi uno gigante sobre animación. Estuve todo el verano copiándolo. Abajo de los dibujos había nombres de chicos y chicas, que tendrían 25 años. Ahí me di cuenta de que eso era un trabajo, eso plantó la semilla. Entonces les dije a mis viejos que quería trabajar en Disney y hacer películas.

Pero yo tenía miedo, viste que cuando sos chico decís algo así y la gente se ríe. Ahora aprendí que cuando la gente se ríe de vos no tenés que tomarlo como algo negativo, sino positivo: significa que vale la pena hacerlo. Hicimos una carta para Disney y otra para Warner con un Mickey Mouse y un Bugs Bunny. Al mes llegaron dos cartas.

Aprendí que cuando la gente se ríe de vos no tenés que tomarlo como algo negativo, sino positivo: significa que vale la pena hacerlo.

Me devolvieron los dibujos, pero decían: “Muchas gracias por mandar y estar interesado en trabajar en Disney. En este momento no estamos buscando a nadie, pero te recomendamos estudiar cine, animación y pintura porque nos gustaría trabajar con vos en el futuro”. Quedé flasheado porque, aunque lo veía lejos, lo sentía tangible.

-Empezaste estudiando Arquitectura, ¿cuándo decidiste cambiar de rumbo?
-Empecé Arquitectura porque me parecía el camino más seguro porque mi viejo tiene una empresa constructora. Al mismo tiempo, empecé a estudiar cine en Avellaneda y pintura y dibujo en La Plata. La arquitectura me parece algo hermoso, pero nunca fue mi pasión. Me acuerdo que un día voy a ver Tarzán al cine y me vuela la cabeza.

Al otro día vuelvo solo al cine. Salí y ya era una decisión: iba a hacer eso, tenía el camino marcado. Tenía 18 o 19 años, dejé Arquitectura y me puse de lleno con animación y cine en Avellaneda. Sabía que iba a ser duro, pero lo tenía que hacer. Vine a Estados Unidos a los 21 años para hacer un posgrado en animación y cine en la Academy of Art University, en San Francisco.

El primer día de clase, el profesor preguntó “¿Cuántas horas dibujan por día?”. Todos decían tres, cuatro o cinco. Yo en Argentina venía dibujando ocho o nueve horas. Pensé: “Si ya dibujo el doble, ¿qué pasa si subo a 12 horas y dibujo el triple? En un día le saco tres días a los demás, en una semana tres semanas y en un año tres años de dibujo”. Entonces dejé de competir contra el resto y empecé a competir contra mí mismo.

-¿Cómo atravesaste los primeros años en Estados Unidos?
-El cambio fue duro. A las dos semanas de irme fallece mi abuelo. Me agarró un odio, fue un golpe bajo, pero empecé a dibujar más todavía. Después me agarró el Corralito y mis viejos no podían mandarme plata. Encontré una galería en el Embarcadero de San Francisco donde un flaco me compraba blocks de dibujos a un dólar la hoja y las pinturas a 25 o 50 dólares. Para mí era una fortuna porque yo con eso podía sobrevivir.

También vendía mis trabajos prácticos, daba clases de Photoshop y de español, hacía ilustraciones médicas, pintaba murales y hasta fui modelo para Versace. Si me pagaban y era legal, lo hacía. Trabajaba en un gimnasio también, y a veces dormía abajo del escritorio del gimnasio. Estaba exhausto, pero seguía dibujando horas y horas.

-¿Y qué hiciste después de recibirte?
-Había hecho la cuenta matemática: si me esfuerzo mucho, me saco 10 en todas las materias, mando mi carpeta a Disney y ya está. Entonces me recibo y mando mi carpeta a todos los estudios, a Disney, Warner, DreamWorks, Cartoon Network, Nickelodeon, Blue Sky. Una vez por semana iban cayendo cartas de rechazo.

Llegó la de Disney y la abro: “Hola Nicolás, muchas gracias por tu interés…”. Hice un bollo con la carta y la tiré con una bronca. Me compuse, agarré la carta y ahí aprendí una lección muy importante: si hubiese entrado en Disney no habría dejado de dibujar, y ahora que no entré, tampoco iba a cambiar de carrera.

Si el resultado externo no afecta mi camino, ¿por qué me va a hacer dudar? Le decía al Universo: “Vos seguí sacudiéndome, yo voy a dibujar más fuerte todavía”. Jamás pensé en abandonar, al contrario, doblaba la apuesta.

-¿Cómo fue finalmente cumplir el sueño de trabajar en Disney?
-Vuelvo a Argentina porque no consigo trabajo y se me acaba la visa. Empiezo a trabajar freelance para un estudio en La Plata. Junto ahorros y vuelvo a Estados Unidos en el 2005. Entraba en la página de Disney todos los días para ver si ponían trabajos. Mandé mi carpeta, me llamaron, pasé las pruebas y me contrataron a los 27 años.

Al principio no noté el cambio. Al mes o dos meses de estar trabajando, veo en un pizarrón los nombres de los personajes, la fecha de entrega y al lado mi nombre. Miro alrededor, vi a los chicos dibujando y me di cuenta de que estaba adentro. Cuando veo eso, la adrenalina de 20 años que tuve desapareció de golpe y me empecé a quedar dormido por el agotamiento acumulado.

Fui al baño, me miré al espejo y vi del otro lado al chico que se tomaba el tren en Avellaneda. Y yo estaba del otro lado, había unido tiempo y espacio. Mi yo de chiquito me dijo: “Escuchame una cosa, estamos trabajando en Disney, de todos los lugares y momentos, ahora no te podés quedar dormido”.

Me acordé de mi familia, de mi abuelo, y me empezó a agarrar un enojo adentro. Yo creo que el momento perfecto de concentración es el equilibrio entre la paz y la ira. Me tiré agua en la cara, me di unos sopapos, me tomé un doble espresso y volví a la reunión.

-¿Y por qué decidiste irte de Disney?
-Dejé después de dos años y medio porque la universidad me ofreció trabajar como profesor, dar clases me fascina. Yo quería trabajar en muchos estudios para hacer mi propio estudio con todo lo que había aprendido.

Para mí lo más importante es aprender, creo que el momento más triste es cuando un artista piensa que ya no puede aprender nada. En 2010 abrí Red Clover Studios y empecé a dirigir mis propios cortometrajes, como Pasteurizado, Nieta -que gana en el Festival de Toronto y fue mostrado en Cannes- y La casa de colores.

-¿Cómo nació ON/OFF y qué buscabas contar con ese corto?
–ON/OFF empieza con la idea de explorar la relación entre éxito, talento y esfuerzo. Empiezo a notar que el teléfono puede ser disruptivo en el proceso creativo.

Parte de la idea: ¿qué hubiera pasado si Da Vinci hubiese tenido un celular? ON/OFF no está en contra de la tecnología, es cómo la usamos. Empecé a bocetar personajes de la historia que yo admiro, usando la mínima cantidad de formas geométricas posibles.

-¿Cómo viviste la gran repercusión que tuvo?
-Cuando el corto salió, tomó vida propia. Entra en festivales y mientras más ganaba más me llamaban, rompió tres récords Guinness y superó los 2.200 premios. Yo nunca esperé que tuviera esa repercusión. Hago las películas porque quiero verlas yo, por el propósito y no por el aplauso.

Lo que pasó con ON/OFF fue algo extraordinario y único. Pero lo que me llenó el alma fue recibir una foto de un festival en India, en un garaje chiquito con una sábana y sillas de plástico, donde estaban viendo mi corto. Me dio mucha satisfacción, porque nunca sabés a quién podés inspirar.

También quiero hacer una muestra inmersiva sobre el corto, para mostrarle a los chicos que una obra que dio la vuelta al mundo empezó con un boceto. Me gustaría que cuando vean el cortometraje sintieran lo mismo que sentí yo cuando recibí esa carta de Disney.

Nunca esperé que el corto tuviera esa repercusión. Hago las películas porque quiero verlas yo, por el propósito y no por el aplauso.

-Tu último proyecto fue un cortometraje sobre Fangio, ¿Cómo surgió esa idea?
-A Fangio lo empecé a estudiar en la pandemia uniendo una entrevista suya de 1989 sobre los límites con lecturas de Aristóteles sobre el tiempo. Decía: “El pasado existió, pero no existe. El futuro existirá, pero no existe ahora. Y el presente es una línea tan fina que no existe”.

Me imaginé que las visiones del futuro de personalidades como Fangio no son visiones del futuro, sino recuerdos de nuestro pasado. Para el corto quería un sonido impactante, así que el diseñador de sonido mezcló el rugido de motores con rugidos de león. En el cine retumbaba todo. Mi próximo objetivo es hacer un largometraje de cine sobre Fangio.

Para mí, las mejores películas son las que empiezan cuando terminan. Cuando caen los créditos y salís del cine sintiendo que ves el mundo de una forma diferente por un par de segundos. Eso busco en mi trabajo, lograr ese equilibrio perfecto entre la obviedad y la confusión que te cambia la percepción del mundo.

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