El fotógrafo argentino, de 68 años, expone su obra en Córdoba y reflexiona sobre su presente creativo en Instagram, la cerámica y la performance.
El 25 de agosto, el fotógrafo Marcos López publicó en su cuenta de Instagram un reel de un minuto y cinco segundos de duración. En el video se observan sus manos recortando letras en papel madera que, acomodadas de manera oblicua sobre una cartulina negra, forman la frase: «Consejos para curar la adicción a la pantalla». Con música de charango y reminiscencias norteñas, se suceden imágenes de López levantando pesas, haciendo la «parada de cabeza» de yoga, enfundando una paleta de ping pong, cortando leña, modelando arcilla, acomodando fichas de scrabble, regando plantas y armando castillos de naipes. Sobre el final, las letras recortadas dejan un mensaje: «El algoritmo no censura, entrena. Ver sin pausa es una forma de obediencia».
A los 68 años, López, uno de los máximos referentes de la fotografía latinoamericana contemporánea, creador de fotos icónicas como «Asado de Mendiolaza» —cuya gigantografía permaneció años exhibida sobre la Avenida 9 de Julio, frente al Obelisco—, ganador del Premio Konex, con fotografías que forman parte del acervo permanente de museos como el Reina Sofía, de Madrid, y el del Barrio de Nueva York, afirma que se cansó de sacar fotos. «Siento que ya dije todo lo que tenía que decir con la fotografía», declara por teléfono una mañana de septiembre.
Actualmente, su creatividad se vuelca en Instagram, donde sube diariamente desde pequeños videos con montajes teatrales hasta imágenes callejeras captadas con su celular. Allí parece haber hallado su actual canal de expresión. En paralelo, está armando una muestra retrospectiva de su obra fotográfica que inaugurará en diciembre en el Museo Provincial de Fotografía Palacio Dionisi de Córdoba, y repara un guión de una performance teatral con videos, fotos y participación del público que también inaugurará en Córdoba, una semana después de la muestra. En sus ratos libres, se dedica a la cerámica: modela cocodrilos en arcilla y los pone a la venta en su tienda online. «Me divierten los cocodrilos, me caen simpáticos, les estoy poniendo una cresta de vidrio molido. Es el mismo vidrio que usan en los tapiales del conurbano o de los pueblos para que no entre la gente a robar. Me gusta esa textura salvaje, rústica, con cierta violencia, que tiene que ver con el subdesarrollo, la periferia, la pobreza», explica.
Consultado sobre su relación con lo popular argentino, López responde: «Yo soy una especie de ratón de ciudad que no pasa de Callao, San Telmo y El Bajo, pero me apasiona el conurbano. Tengo un respeto y una valoración de la estética, de los modelos culturales, del cruce de inmigraciones. Creo que en el conurbano se da una energía cultural muy importante, que de hecho, junto al campo, sostiene con la fuerza de trabajo al país. Por eso hace poco me asocié con la cuenta The Walking Conurban (que se dedica a sacar fotos de curiosidades del conurbano) para hacer un libro. De hecho, como a mí ahora me interesa mucho la actuación y la performance, hice un video muy gracioso, donde yo aparezco como vendedor de trenes y vendo el libro en el tren. Eso tuvo mucho éxito en Instagram y ayudó mucho a que el libro se venda».
Sobre la evolución de su mirada, señala: «Desde los 18 años que empecé a tomar fotos y a mirar tenía una intuición y algo interno mío. Pero sin duda que a la mirada hay que entrenarla, mirando pintura, cine, leyendo literatura, cosas de grandes maestros».
En cuanto a su vínculo actual con la fotografía, expresa: «Fui perdiendo el interés por fotografiar. Siento que muchas cosas de las que quería decir ya las dije. Ahora me interesa más dibujar, pintar, escucharme a mí mismo en mi vocación de actor y performer. Pero ando con el teléfono, que tiene una calidad igual o superior a las cámaras, y cada tanto me freno en el auto y saco fotos a algo que me llama atención. Con el celular ahora hacés click y con eso podés hacer la tapa de la revista Vogue. A eso sumale la inteligencia artificial, que te puede corregir cualquier error. Es increíble el nivel de credibilidad a los que se puede llegar con la imagen gracias a la IA. Eso me inquieta. Seguramente en dos meses me aburra».
Respecto de su uso de las redes sociales, indica: «Solo uso Instagram. Ahí intento producir un contenido que tenga valor, que sea una reflexión artística, social, personal, espiritual. Y escribo textos breves especialmente para Instagram. Mucha gente a veces me escribe y me dice ‘me alegraste la mañana con tu posteo’. No es poco que alguien te diga eso. Un editor me acaba de publicar un libro el año pasado que se llama ‘Querido Diario’, con textos que yo escribí en Instagram y se han convertido en un libro en papel».
Consultado sobre si es autodidacta en las otras disciplinas, responde: «No, estoy yendo a un taller de cerámica muy lindo, por ejemplo, pero a la vez soy muy rebelde, no me gusta que me enseñen, entonces termino haciendo cualquier cosa. Pero ir al taller es una buena excusa para salir de la pantalla con la que estamos todos esclavos, adictos, todo el día mirando».
Sobre su adicción a las pantallas, admite: «Absolutamente, porque también es mi trabajo para mí. Ahora por ejemplo también estoy preparando una masterclass de fotografía, de iluminación, composición, vestuario, y todo eso se comunica por Instagram. A mí los clientes me llegan por ahí, las piezas de cerámica que hago las vendo por ahí. Las redes son una cosa absolutamente adictiva, en la que estamos todos en un callejón sin salida. No tengo idea qué va a pasar con esto. Es una polución de imágenes que no sirven para nada. Es como un cuchillo de doble filo. Yo lo uso y al mismo tiempo creo que es una adicción. No entiendo por ejemplo a la gente que fotografía el plato de comida cuando va a un restaurante. O los que se sacan selfies. Yo jamás me saco selfies. Me parecen una tontería. Cuando en la calle alguien me pide una selfie me da pena, porque eso corta una comunicación que podríamos tener, mucho más interesante».
Finalmente, sobre sus rutinas para mantener la creatividad, concluye: «Hago todos los días veinte minutos de meditación cuando me despierto, juego al tenis de mesa, voy a yoga y voy al gimnasio. Trato de no faltar, aunque tengo tendencia a quedarme en el sillón scrolleando Instagram, pero trato de tomármelo como algo necesario para mi salud. Antes era mucho más vago porque me sentía joven y fuerte, pero ahora que estoy más grande, que también me siento joven y fuerte, lo tomo con responsabilidad. Es necesario mover los músculos, caminar. La meditación es muy difícil, pero también lo intento. Limpio la casa, y siempre, mientras estoy haciendo cualquiera de estas cosas, estoy trabajando. Siempre estoy pensando, escribiendo. No me importa si es lunes o domingo. Mi vida y mi trabajo son una sola cosa».
