La doctora en Educación y Psicología advierte sobre los riesgos de delegar el aprendizaje en la inteligencia artificial y sostiene que escuchar a un docente puede ser una forma activa de descubrir y comprender. Defiende el vínculo humano como condición indispensable de una educación personalizada.
La inteligencia artificial puede dar respuestas, procesar información y resolver tareas. Para Catherine L’Ecuyer, doctora en Educación y Psicología por la Universidad de Navarra, uno de los riesgos centrales de incorporar estas tecnologías a la educación es que los alumnos terminen delegando en las máquinas la reflexión y el pensamiento crítico.
“Si la máquina sustituye al pensamiento crítico proporcionando ‘lo que hay que pensar’, el alumno se vuelve pasivo”, advierte la especialista, quien sostiene que aprender requiere de un reconocimiento interior y personal de la verdad.
L’Ecuyer, canadiense afincada en Madrid y madre de cuatro hijos, plantea que no toda actividad frente a una pantalla implica un aprendizaje activo, así como escuchar a un docente no supone necesariamente una actitud pasiva. Según explica, la diferencia está en la posibilidad de comprender, reflexionar y descubrir con una guía que dé sentido al proceso. Autora de “Educar en el asombro” y “Educar en la realidad”, defiende la presencia del maestro y el vínculo humano como condiciones indispensables para una educación verdaderamente personalizada.
La especialista es miembro honorífico del capítulo español de la Asociación Montessori Internationale y Doctora Honoris Causa por la Universidad del Magdalena (Colombia). Su trayectoria la llevó a comparecer ante las comisiones de Educación del Congreso de los Diputados de España, de la Asamblea de Madrid, del Parlamento del País Vasco y de la Assemblée Nationale de Québec. También fue ponente en la Segunda Cumbre Europea de Educación, organizada por la Comisión Europea, y asesoró a diversos gobiernos.
En esta entrevista con El Litoral, analiza los riesgos de la Inteligencia Artificial (IA) en las aulas, cuestiona el aprendizaje guiado exclusivamente por algoritmos y reivindica la formación humanística como herramienta para desenvolverse en el mundo digital.
– ¿Cuál es la diferencia central entre educación personalizada y educación individualista y por qué considera importante hacerla cuando hablamos de tecnologías educativas e inteligencia artificial?
– Para que el acto de educar sea personal, el que educa debe ser una persona. Esa afirmación puede parecernos una perogrullada, pero el despliegue tecnológico de los últimos años ha demostrado que incluso lo evidente necesita ser explicado una y otra vez. Por ello, el concepto de educación personalizada no debe definirse meramente desde la perspectiva del alumno, sino también desde la dinámica y el rol del educador. Si ese matiz se daba por supuesto en la década de los 80, ahora se ha vuelto de rabiosa actualidad. No hay educación personalizada sin una persona y una relación personal entre maestro y alumno.
– ¿Qué elementos de una relación educativa personalizada no pueden ser reemplazados por una IA? ¿Cuáles son esos «extras» que aporta un maestro?
– El maestro debe tener un conocimiento personal del conocimiento por transmitir, del alumno y de los medios adecuados para ambientar esa transmisión. En educación, el que educa no solamente lo hace desde lo que sabe, sino también desde lo que es. En este sentido, es ilustrativo lo que indica Romano Guardini, quien advierte que “el educador debe ser plenamente consciente de que la más fuerte de las influencias que ejerce no procede de lo que dice, sino de lo que es y hace… lo que más influye es la forma de ser del educador; lo segundo, lo que hace, y solo en tercer lugar lo que dice”. Una IA no puede hacer eso.
“Rendición cognitiva”
– Usted plantea que la inteligencia artificial puede llevar al alumno a una “rendición cognitiva”. ¿Qué significa concretamente ese concepto y cómo se manifiesta en un estudiante?
– A menudo se dice que el principal protagonista de la educación es el alumno. Porque, al fin y al cabo, es el alumno el que hace suyo o no el conocimiento transmitido por el maestro. El maestro propone, pero no puede forzar ese proceso. Si no hay reconocimiento interior y personal de la verdad, no hay aprendizaje. Cuando un alumno subcontrata el almacenamiento y el procesamiento de la información a una máquina que lo hace todo por él, difícilmente podrá tener una actitud activa, sino pasiva frente al conocimiento. La literatura describe ese fenómeno en términos de “rendición cognitiva”. El alumno tiene la sensación de haber pensado y entendido, pero ni pensó ni entendió.
– ¿En qué momento la ayuda que ofrece la IA para resolver una tarea deja de ser una herramienta y empieza a sustituir el esfuerzo intelectual que debería hacer el alumno?
– La IA no es para jóvenes aprendices; puede ser útil en manos de expertos que saben. ¿Se puede plantear una intervención puntual e inofensiva de la IA, quirúrgicamente controlada, en un joven aprendiz? El planteamiento es utópico. El posible beneficio nunca superará el riesgo de que esa intervención puntual se convierta en hábito, o bien en un puente hacia usos no deseados en el joven aprendiz que aún no tiene las cualidades a las que hemos aludido anteriormente. Para un joven aprendiz, la tentación de ahorrarse el arduo esfuerzo que implica su propia educación es casi irresistible, pues todavía no ha adquirido las virtudes de la fortaleza y de la templanza. Sin duda, la responsabilidad de ahorrar esa tentación al alumno corresponde al educador, el maestro prudente que guía al alumno hacia la virtud.
Criterios previos para discernir
– ¿Cómo afecta esta delegación del pensamiento al desarrollo del pensamiento crítico? ¿Puede un alumno aprender a cuestionar una respuesta si habitualmente utiliza una herramienta que se la entrega ya elaborada?
– El reconocimiento interior que hace que la educación sea verdaderamente personal ocurre cuando el alumno tiene conocimiento previo interiorizado y es capaz de pensamiento crítico. El pensamiento crítico solo es posible en la medida en que el alumno tiene criterios previos y capacidad de discernir y contrastar lo nuevo en función de lo que ya sabe como verdadero, introduciendo matices, etc. Esto quiere decir que, sin criterios previos, sin capacidad de reflexión, lo que algunos mal llaman ‘pensamiento crítico’ (que apunta a discernir en base a un criterio personal previo) se reduciría más bien al ‘espíritu crítico’ (que apunta más bien a una rebeldía genérica, sin criterio). Si la máquina sustituye al pensamiento crítico proporcionando ‘lo que hay que pensar’, el alumno se vuelve pasivo y se acostumbra a externalizar o subcontratar esa tarea, y acaba mermándose su capacidad de pensar críticamente y de reconocer la verdad.
El rol del docente ante la IA
– ¿Qué debería hacer un docente frente a un alumno que utiliza IA para resolver prácticamente toda una actividad escolar? ¿Prohibir, controlar o enseñar a utilizarla de otra manera?
– Toda la vida se ha pedido a los alumnos que aprendan las tablas de multiplicar sin usar la calculadora. Después de consolidar las bases del cálculo, al llegar a operaciones de más complejidad y abstracción, se les ha permitido usar calculadoras no científicas. Después de alcanzar un nivel experto en matemáticas, se les ha dejado usar calculadoras científicas. Analógicamente, podemos preguntarnos: ¿Qué pasaría a la mente matemática en potencia de un joven aprendiz que fue introducido al cálculo básico usando una calculadora científica? No es lo mismo delegar tareas automáticas que podrían ser ejecutadas por el alumno que delegar el pensamiento. La IA debería estar prohibida hasta finalizar el primer grado de la universidad. Cuando el profesional está formado sin la IA, entonces tiene las cualidades para poder usarla.
– ¿Sirve prohibir el uso del celular en las aulas?
– Los estudios apuntan a los beneficios de no usarlo en las aulas. Pienso que es un debate desfasado, anacrónico, por lo menos en EE.UU. y en Europa.
– ¿Puede un alumno estar cognitivamente mucho más activo escuchando a un buen docente que interactuando con una aplicación? ¿Qué hace la diferencia?
– A menudo enfrentamos la clase magistral, la exposición o la explicación del maestro al aprendizaje activo que promociona una app o un dispositivo. En realidad, el alumno puede estar totalmente pasivo y al remolque de la pantalla, mientras puede estar atento y activo frente a una explicación que tiene sentido. El descubrimiento ocurre también cuando alguien nos habla. La postura de escuchar puede ser -incluso, debería ser- activa. Aprender requiere un reconocimiento interior y personal de la verdad. Agustín de Hipona, hablando del “maestro interior” -una especie de voz interior que nos ayuda a comprender lo que se nos propone-, afirma que, cuando los maestros han dado sus explicaciones, entonces los alumnos reflexionarán en su interior, según su capacidad, sobre si lo que se ha dicho es cierto o no. Y es entonces cuando el aprendizaje ocurre realmente.
Descubrimiento “puro” o “guiado”
– ¿Existe el riesgo de que, en nombre de hacer al alumno “protagonista del aprendizaje”, terminemos dejando demasiado solo al estudiante frente a una pantalla?
– Se dice que el alumno, protagonista de su educación, puede buscar y encontrar en Internet contenidos o videos que le gustan, y que ese aprendizaje es más “activo”. No es lo mismo el aprendizaje por descubrimiento guiado que el aprendizaje por descubrimiento puro. En el aprendizaje por descubrimiento guiado, hay un jefe de estudio y un maestro que idean y despliegan un plan de estudio y una guía de trabajo con propósito.
En cambio, cuando el aprendizaje se hace por descubrimiento puro, el niño descubre todo por sí solo y las tecnologías aplicadas a la educación son vehículos para que el niño pueda llevar a cabo su descubrimiento, sin otra guía o pauta que los algoritmos. No es activo, es pasivo. El niño está al remolque de los algoritmos. Además, el joven aprendiz no tiene suficiente conocimiento como para poder diseñar su propio plan de estudio y saber qué contenido le corresponde y le conviene en cada momento. En definitiva, no tiene las herramientas suficientes para poder diseñar su educación.
Educar: arte, inspiración, “chispa”
– ¿Puede una IA llegar a conocer las necesidades educativas de un niño si no existe una relación humana detrás?
– No. Dejar que los algoritmos se encarguen de la formación de un alumno es sustituir la sensibilidad que implica el arte de educar (algo profundamente humano) por unos algoritmos desarrollados por empresas.
– ¿Qué sucede con la dimensión afectiva de la educación cuando parte de la relación entre alumno y docente queda mediada por dispositivos?
– Educar es mucho más que transmitir saberes: es inspirar, consolar, reconfortar, encarnar, encender una chispa y enseñar a desear lo bello, lo verdadero y lo bueno. Y para ello, incluso la presencia física de una persona con otra persona es importante. En definitiva, no se puede plantear una educación personalizada sin la presencia de una persona (sin un maestro). En ese sentido, por muy sofisticados que sean, jamás un dispositivo, una app o la IA podrán educar como lo puede hacer un ser humano que reúne esas características. Pienso que intentarlo generará numerosos problemas en el plano afectivo.
– ¿Entonces por dónde empezamos?
– La verdadera preparación para un buen uso de las tecnologías reside en la comprensión del contexto, que no se desarrolla en un entorno descontextualizado como es el entorno online. Es la sólida formación humanística la que permitirá al joven hacer frente con sentido a la abundante información que se le ofrece en el mundo digital. Podrá incluso llegar a considerar esa información como un aliado, porque la formación humanística le proporcionará el conocimiento que le permite contextualizarla y sacarle buen provecho.
Por tanto, mientras nuestros niños no hayan recibido esa formación humanística, es posible que la mejor preparación al mundo online que podamos ofrecerles se encuentre en el mundo offline. En el mundo real.
